martes, 5 de diciembre de 2017

¡Pasen y vean!

Escrito sobre la arena...
               "...Volé a los mares tristes donde reina el alba
               soñando el mar florido de mi primer amor joven,
               cuando no sabía de juventud ni andenes para la huída,
               cuando el mar era un espejo suspendido de ancestral ausencia..."
Juan Rodort, "Piel de mar", 2013

Hoy no sabría decir qué era aquel dibujo sobre la playa de niebla, pero no esperé a que las olas de minué lo borrasen y con mi bastón deshice las líneas trazadas, atisbos de un cuerpo destapado y que posiblemente mostraba "sus vergüenzas", o que fuera un fiel retrato de nuestro abrazo aquella misma noche en un hotel de carretera...
Difícil controlar las palabras encabritadas en este lugar obsoleto donde me he metido, a sabiendas de que hay seres de estrechas miras y pequeños mundos oscurecidos por su miopía de castrarse y dejar vacíos a los otros de alegría y ansias de vivir en un mundo que no sea de falsía o hipocresía, un mundo libre de verdad, sin tapujos ni cortapisas que repriman los afanes de manifestarse con total libertad...
Una música de Cuencos Tibetanos me acompaña desde las páginas del Youtube donde se encuentra de casi todo para todos los gustos y variedades; colores musicales; esta mañana prefiero correr de aguas y vibraciones que apacigüen mi mente de sobresaltos y resquemores de otros días en que hube de borrar mi rastro sobre la Red para evitar malinterpretaciones de mis libres ideas...
Un halo de tristeza recorre el horizonte marino, la playa neblinosa, el frío húmedo de mis versos olvidados, de aquel otro cuerpo sumergido en tiempos más beneméritos, despejados de caricias ahora, sueltas pieles enaltecidas que no sabrían ni de qué estoy escribiendo... 
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© Juan Rodort, 2017 (van quedando menos días para finalizar este maldito año)

viernes, 1 de diciembre de 2017

Lazos de todos los colores


¿Son necesarios los avisos para caminantes descuidados? Pues parece que sí, que son muy necesarios porque cada día hay más despistados que pasean por esta vida como si fuese el pasillo de su casa, sin tomar ninguna precaución, a ciegas y sordos a los avisos que representan esos colores gayos del arcoiris expuestos en lazos recordatorios... Hoy es uno de esos días de colgar lazos, luego pasa el día y si te he visto no me acuerdo. Ya lo dice el refrán: no hay peor sordo que el que no quiere oír... y en este mundo que nos han dejado y que estamos dejando hecho unos zorros el andarse sin mirar puede acabar trágicamente. Claro que lo mismo da, porque nos viven la vida. ¿No hay manera de elegir? Y el suicidio por desidia es el pan nuestro de cada día... No hay accidentes, hay suicidios encubiertos. Así que ¡Lazo Rojo! para aviso de navegantes a tumba abierta... Nunca mejor dicha esta imagen que quiere decir que se va a toda velocidad, sin frenos y posiblemente terminando en un testarazo mortal de necesidad. El que avisa no es traidor y a ti te encontré en la calle, mira tú.
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© Juan Rodort, 2017 (ya quedan menos días)

martes, 28 de noviembre de 2017

Circulares caminos...


Circulares caminos en espiral subiendo;
recuerdo vagamente aquellos días y mis sueños
se dirían decorados de películas ajenas.
No hay más soledad por compañera que mi calva;
perdí mi pelo y no pocas ilusiones, y amores
intensos, despiadados. También visité la casa de los muertos
y puedo repetir...
Aquí, en mi rincón oscuro, escribo
y releo antiguos poemas de amor e incertidumbre,
a diferencia que hoy mi amor es mío,
la casa me pertenece y el resto de las células muertas
son fiel reflejo del camino.

"PRE-TEXTOS Diario futuro para una espera -o varias-"
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© J.R. Ortega, 1995

jueves, 23 de noviembre de 2017

Un retazo de vida (¿otra confesión?)

(Sin título, acuarela s/papel J.R. Ortega, 2001)

..."Casi no se ve porque aparte de estar nublado es que cada día la luz de la tarde se hace más corta y se nota.
Una gran ofuscación nubla también mi mente.
Estoy que no estoy en mí pero nada de espirituales inspiraciones ni cánticos, pura y llanamente estoy hecho una piltrafilla anímica.
Hoy le he visto el culo, la rajilla del culo pelado al bibliotecario. Los pantalones casi arrastrando, el bajo por debajo de la raja y la camiseta por encima del pantalón lo justo para que cuando se agacha se le muestre todo el pandero pelado y de carne untuosa y poco apetitosa para el tocar o palmear. En otros tiempos le miré con otros ojos miopes que ahora se han decantado por la verdadera forma de como es. Un calientapollas que encima está metido en el armario; que sí, que eso se le nota...
Pero ya va siendo hora de que yo vea las cosas tal como deben de ser y no como me las imagino. Tengo demasiada imaginación y es por eso que me llevo bastantes estacazos, porque no todo el monte es orégano ¿verdad?
Pues aquí estoy escribiendo en estilo braile, de cuando aprendí taquimecanografía en aquella academia madrileña, a nosecuantas pulsaciones por minuto al cabo de muchas clases y todo para ¿qué? Pues para que ahora escriba casi a ciegas.
Hay que ver qué cosas...
Estuve hoy visitando en Internet páginas guarreras de muchachos en bolas y tengo una desazón por las partes medias que p’a qué"...

"Retazos de vida"
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© Juan Rodort, 2017

martes, 21 de noviembre de 2017

Confesiones inconfesables


La buhardilla de Pacífico

Fríos abrazos de especular sueño, tu cabeza
se perfila en amplios pliegues. Memoria de los días
suspendidos en lechos de atardeceres fucsias
cuando el tiempo era detenido, apresado, lento
en amor sobrenadando en buhardillas alquiladas.
Amor a sueldo de los días empeñados, trueque
de abrazos en las sombras. Nuestras voces susurradas,
deslizantes caricias principiadas, inexpertos besos,
álgidos vaivenes de aquellas tardes coloradas,
colgadas al frío paisaje urbano, secuestrados
al son de caricias entibiadas; bajo mantas azules
latían nuestros besos al ritmo de la tarde,
aquella última tarde nuestra... Abajo
corrían las horas del otoño madrileño, amarillas horas de mi sueño.
(Había un gato negro, también aspidistras en macetas).
42 años transcurridos, el recuerdo fluye
cuando menos se le espera. Tal vez sea la luz fría
de este final de otoño que me enturbia la memoria
y da vueltas en los rincones con pelusas escondidas
de aquellos jóvenes amores: Tenía entonces 26 años ¡y era virgen!
No sabía nada del acto del amor, sólo sus prolegómenos.
Ignorancia. Inocencia. Estupidez u obcecación
obscena o por lo obsceno; sin saber su significado.
Totalmente libre de atavismos. Sí, ignorante y ciego.
No fueron tardes paralíticas de truenos.
¿Él? El otro era un muchacho de 17 años,
aprendiz de brujo con mal maestro...
(También había una estufa de gas cerca de la cama).
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© Juan Rodort, 2017 "Poemas recurrentes, XXVI"

jueves, 9 de noviembre de 2017

Piel de mar


Hay una isla donde no llegan barcos,
son alados corceles los que arriban
con príncipes encantados y duendes
que saben reír en los bosques de la Tierra.
En la isla hay palacios forjados en sueños
y poca gente la visita,
son palacios suspendidos en el cielo
con escalinatas de resplandores
(siempre por la tarde y en primavera).
Yo quiero un jardín, aquel de mi niñez jugando a las casitas,
aquel jardín reverdecido veinte mayos sucesivos
y que encontré hoy (la montaña cerca, el mar abajo despeñado).
La casa tiene un jardín por techo
y a través de sus fuentes
hay una isla donde no llegan barcos,
son alados corceles los que arriban:
hay una isla que se llama Formentera
-repetida en el Sahara-
unida por mágicos puentes y escalas tendidas hacia el cielo.
Quiero dormir y amar cada mañana
con ese alguien soñado tantas veces,
con ese cuerpo tocado en tantos sueños;
acariciar su extensión dura palmo a palmo
recordando la noche y los sonidos.
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© Juan Rodort, 2012 "Piel de mar" Poema nº 37

martes, 31 de octubre de 2017

Fronteras



domingo, 6 de julio de 2014 (en Madrid, D.F.)

                       ¿Cuándo vamos a llegar, mami?
                       Esta sí que es una buena pregunta.
                       El parque está demasiado solitario y con muestras de abandono desde ni se sabe. Tengo a mis hijos sentados uno a cada lado del banco. Paquito es demasiado pequeño como para comprender lo que está pasando y no dice nada, solo me mira con sus ojitos tristones, mientras que Julia ya comienza a razonar por su cuenta y me acaba de asestar la pregunta que yo misma me vengo haciendo desde hace ya demasiado tiempo.
                       No es cuándo vamos a llegar, sino cómo vamos a ir hasta allí. Llevamos ya –he perdido la cuenta- días esperando noticias de Paco. Las fronteras siguen cerradas. El camino más fácil y más recto ya no existe.

                       ¡Malditas guerras!
                       ¿Desde cuándo estamos en esta situación?
                       Dicen que todo empezó aquel dichoso 21 de diciembre de 2012, cuando muchos creíamos que el fin del mundo estaba aquí, como anunciaba el calendario maya.
                       ¡Menuda tontería! Bueno, no tanto. El fin del mundo global no llegó, pero sí que comenzó  a desintegrarse; nuestro mundo ya no sería el mismo. Por lo menos este mundo que nosotros conocíamos desde pequeños.
                       Mis pobres hijos ya nacieron con varias guerras de por medio. Pero yo si que me acuerdo de cuando todavía mi padre nos llevaba a visitar a los abuelos de Ávila. ¡Qué fácil era entonces! Tomábamos la antigua Autopista del Norte y en una hora y poco ya estábamos. Los fines de semana eran un trajín de autos de todo tipo –hasta los antiguos carricoches tirados por caballos estaban llenando las carreteras-. Nosotros tuvimos suerte, al principio, claro. Papá seguía trabajando en los Nuevos Ministerios y tenía un bono para gasoil. Luego, aquellos privilegios acabaron. Después, terminaron todos los demás, ya no hubo coche. Aunque seguía encerrado en el garaje esperando a mejores tiempos, que por lo que parece se quedaron en meras ilusiones.
                       Esa fue la primea de las guerras, la del combustible, luego vendrían las del agua y luz, la del gas –esa no nos afectó tanto- y la de las Autopistas Estatales.
                       Pero cuando tantas guerras se generalizaron, con las consiguientes carestías, yo estaba ya embarazada y Paco todavía trabajaba en Madrid...
                       Ay, qué recuerdos.
                       Mi padre me contaba que España había sido un país formado por Comunidades Autónomas, hasta que aquel 21 de diciembre de 2012 comenzó la segregación de Estados Independientes. El primero de todos sería Catalunya, que empezó como República hasta terminar en la Confederación de Marcas Catalanas que es ahora –lo que quiera que sea eso-. Y a la antigua Cataluña española le siguieron las independencias y segregaciones de las demás Comunidades Autónomas, pero de una forma rápida, como un reguero de pólvora. (Eso pasó antes de lo del combustible). Euskadi, Estado Confederado, ya no volvió a llamarse País Vasco, ni a hablarse el español, ni tan siquiera como segunda lengua. Tanto en Catalunya como en Euskadi prohibieron el uso del español –la lengua castellana que todavía seguimos hablando en Madrid- y como segunda lengua adoptaron el inglés estándar para sus relaciones con la desconcertada Unión Europea, que no comprendía cómo los nuevos Estados eran vetados sistemáticamente por España, por lo que iba quedando de la desmembrada España.
                       Les siguieron, en los primeros meses de 2014, el Reino de Valencia o País Valencià –no se ahora cómo quedaría la lucha interna de denominación- y el de León, éste formado por las antiguas Zamora, Salamanca y el mismo León, con una parte de Palencia. Por supuesto, siguieron los de Aragón –no se de dónde salieron los flamantes reyes de tantos reinos nuevos-, el de Illes Balears o Reino de Mallorca y el de Murcia, con la segregación de la República de Cartagena (mi padre decía que en un momento de la historia ya se habían alzado al grito de ¡Viva Cartagena!).
                       La cosa no terminó ahí, no había hecho más que comenzar.
                       El Reino de Galicia, con Yago I a la cabeza de su gobierno autárquico.
                       La Federación de Estados Andaluces –la F.E.A.- (excepto Ceuta y Melilla que inexplicablemente se separaron de España para integrarse en el Reino Alauita, momento que aprovechó el Reino Unido para dejar tirados –eso decían los “llanitos”- a Gibraltar, que entró a formar parte de la F.E.A.).
                       Por supuesto Navarra incluyó a La Rioja en su territorio Foral y la antigua Cantabria volvió a ser de Castilla, no La Vieja, sino de la República Popular de Castilla –sin esa parte segregada de Palencia-.
                       Total, ¿que nos quedó de aquella primera España? Solamente la antigua Castilla La Nueva, formada por el mismo Madrid, Guadalajara, Cuenca, Albacete, Toledo y Ciudad Real y el antiguo Principado de Asturias. Ésta es la actual España. Sigue siendo un reino, gobernado por dos partidos que se alternan en el poder cada cuatro años, pero los dos lo hacen igual de mal, las cosas no mejoran-. Nuestra joven reina, Leonor II, aún sigue soltera y continúa con la tradición familiar de vivir en el desvencijado Palacio de La Zarzuela, a las afueras de Madrid, una zona no demasiado segura ahora, un tanto aislada porque tiene todos los peajes de las Autopistas de Circunvalación M-40 y M-30 y, últimamente con los piquetes disuasorios para privatizar el transporte...

                       Creo que me estoy dejando llevar por demasiados recuerdos, conformándome a mí misma para no pensar en la angustia de no saber nada de Paco.
                       ¿Quién le mandaría aceptar aquel trabajo en Gijón? o Xixón, como le dicen allí. La situación en casa no estaba demasiado boyante como para escoger trabajo, más cuando ya estábamos racionados en todo. Por lo menos allí habían reabierto las minas de carbón y tenían energía suficiente. Lo que pasa es que no podían atravesar las fronteras del Reino de León, ni del Reino de Galicia para llegar a Madrid y menos por la frontera de la República Popular de Castilla; tenían que hacerlo vía Portugal –que se ha mantenido neutral en todo este jaleo de fronteras-. ¿Y qué decir de las autopistas? Las dos del Norte estaban y siguen estando fraccionadas y cortadas en los tramos que pasan por cada estado. Y no hay forma de conectarse con las del Este, deshechas en tres tramos independientes y con cuatro o cinco fronteras, ya no recuerdo...
                       Le dije a Paco que cogiera este trabajo en Vallecas, por lo menos aquí estaríamos a un paso. Pero el tener menos sueldo y encima cruzar todos los días la autopista del Levante por los puentes de peaje no le hacía ninguna gracia...
                       Pues mucho menos nos la hizo a nosotros, que nos quedamos abandonados en Moratalaz y, encima asilados por tantos peajes del resto de España.
                       Ni que decir tiene que ni se nos habría ocurrido pensar ponernos en camino para ir a visitarle en Asturias. Bastante era ya que para llegar a Gijón había que tomar un ferry desde Lisboa y pasar antes por todos los peajes lusos, desde la frontera con Badajoz. Y todo eso para salir y volver a entrar en España...
                       No, Paco tenía que volver y quedarse más cerca, aunque fuera en Vallecas. A pesar de que no están los tiempos para despilfarros en peajes todos los días y él se tuviera que quedar en los alojamientos de la empresa hasta el fin de semana. Aunque el sueldo sea mucho menos que el que tenía en Asturias, pero aquí estaríamos todos juntos; al menos los fines de semana...
                       Eso pensaba yo, pobre de mí, cuando le por fín pude convencerle para que volviera a Madrid...

                       Venga niños, volvemos a casa. ¡Deprisa, que se nos hace tarde! Acaban de anunciar por los altavoces del parque que el peaje de las fronteras con Vallecas ha cerrado hace dos minutos.
                       Venga, deprisa, que para volver a casa la única forma que nos queda es subir hasta Alcobendas y luego volver a bajar; y aún tendremos que pasar por otras dos fronteras de distrito más hasta que podamos llegar a Moratalaz; y mira que desde aquí casi se ve nuestro bloque, a un tiro de piedra que estamos...
                       ¡Ay! ¿Quién nos mandaría ir a buscar a papá a la salida del trabajo?...
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© Juan Rodort, 2012