martes, 13 de noviembre de 2018

El 13, número primo (o que se lo hace)


Pues, ¡ea! Que se lo pasa por el Arco del Triunfo ¡¡¡Y olé!!!
Cada quien que tome partido por el significado de este modelo agitador de paños púrpuras (en oro y gualda) con la montera bien puesta; eso sí, un poco, bastante, marica por la pose del piececito de puntillas como si estuviera en un pas de deux del Toreador, toreador, toreador... Vamos, haciendo el primo, no tanto como el 13, número primo (o que se lo hace).
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Juan Rodort, 2018

viernes, 9 de noviembre de 2018

A pares (de dos en dos)


Dos. Es el número casi perfecto. Dos culos, dos güevos, dos fosas nasales, dos ojos, dos orejas, dos manos y dos pies para estar juntos a cuatro manos, a cuatro ojos, a cuatro... también perfecto. El tres queda descartado por lo arriesgado. Y el cinco es demasía. ¿Le suena a alguien este tonto diálogo? Sí, efectivamente: "Los caballeros de la tabla cuadrada..." cuando sacan "La Santa Granada" hacia el final de la hilarante peli de los Monthy Python. Estalla y desencadena el final. Por eso es mejor seguir sus consejos de manejo. El dos o el cuatro. A pares (de dos en dos).
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Juan Rodort, 2018

martes, 6 de noviembre de 2018

Rodeados por todas partes (con penetraciones, o compenetraciones)


¿O pelos? No queda claro el qué es lo que hay por todas partes. Por todas sus partes (¿pudendas?) Y ¿a quién le importa? (tampoco es aquella canción tan-tan-tan gay ella) Lo que haga o deje de hacer el susodicho de la mano tonta que le baja o sube (más bien se lo baja, parece) en nada altera el orden de los factores. Pelos y señales sí que da este tipo, sobretodo pelos allá donde la raja esa pierde su honesto nombre para formar parte de otras connotaciones nada plausibles con el tono pudibundo de estas páginas o de estas líneas que quieren ser acordes con la política de austeridad sexual a que nos tienen ya acostumbrados. Y sólo nos queda el recurso del pataleo (De nuevo contra la pared). Aunque ¡qué casualidad! ese es el título de este Blog. Así que estamos rodeados por todas partes (con penetraciones, o compenetraciones).
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© Juan Rodort, 2018

miércoles, 31 de octubre de 2018

Por Todos los Santos-Difuntos y "Jalogüín"



Exactamente. Patas p'arriba. Así está todo. Y con el culo al aire, además. Yo es que a-lu-ci-no, vecino. No me lo puedo creer. Pero es que ya lo dijo el sabio: la estupidez humana no tiene límites, mi epatamiento tampoco, según parece, pues estoy e-pa-ta-do ante tanta estulticia y tanto memo perdido que se pone boca abajo, en cueros vivos y que le hagan la foto para hacer bulto... Hablando en sentido figurado o no tanto, porque ya no se sabe en qué sentido está uno yendo (o viniendo). Y yo es que me hago cruces, como se hacían los antiguos cuando estaban estupefactos ante algo inaudito (o demasiado novedoso, que no es el caso, creo yo). Y en estas estoy, dándome a la glucosa a marchas forzadas. Menos mal que los dulces me salen medio-qué de bien. El último, sin ir más lejos: confitura de calabaza y manzana... I-ne-na-rra-ble de buenísima. Y no es que lo diga yo, me lo confirman mis papilas gustativas que no fallan nunca (desde hace más de 60 años). Darse al vicio (o virtud) del azúcar. Pero con frutas y cucurbitáceas (que no falten nunca para poder hacer la pantomima de la sonrisa dentada y aviesa que queda tan mona ella a la puerta de casa y da ese aire tan "chic"-arrón del norte, librepensador y que no tiene prejuicios ni pelos en la lengua (ahí es donde menos). Y para terminar de rematar la faena del pino o salto del tigre que este mozo realiza, pues hacer notar que está bastante potable, de cuerpo fornido y prieto para agarrar por los bajos y dejarse llevar por el aquel del vicio nefando y darle todo lo que se merece, que lo está pidiendo a gritos el chaval y no es cosa de que se le suba la sangre a la cabeza o que llegue al río, que nunca llega pues anda revuelto y amarronado por las lluvias caídas monte arriba (¿peces?, hace mucho que no quedan, por la contaminación ambiental), así que no hay ganancia para nadie. Tal vez para el muchacho que se va a llevar lo suyo y lo demás allá... por todos los Santos-Difuntos y "Jalogüín".
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© Juan Rodort, 2018

viernes, 19 de octubre de 2018

Lluvia sobre tu piel


Mansamente, dulcemente, suavemente cayendo gota a gota, caliente. No es la ducha esperada, no es el agua de la ducha. El cálido líquido que te cubre ahora es mío, subido a una banqueta para mojarte entero. Luego vendrá el arrodillarte ante mí. El regodeo de tu piel mojada, temblorosa y ávida en deseo que se va a realizar. Y es que esta lluvia dorada no termina nunca de vaciar mis conductos por el entumecimiento de la carne, por la urgencia del subir de sus células embriagadas ante tu visión sumisa, mojada piel, caliente piel chorreante. Ahora que ese minúsculo calzón comienza a trasparentar su interior, dejarse ver la secreta ilusión por la que te he dejado cumplir tus deseos morbosos de humillarte ante lo que de todas formas obtendrías pues ya sabes lo que me gustan esas telas blancas ajustadas a las curvas, apretadas a la piel, formando parte del todo que abrazaría y que abrazaré en el mismo momento en que acabe de vaciarme en ti. De otra forma, más dentro, más profundamente volveré a vaciarme o a llenarte, saciarte en todo caso; tus deseos se están cumpliendo. Sólo queda arrodillarse ante la ofrenda tensa y tersa, pulida, encabritada y urgida de tomar contacto con tu piel, dentro de tu piel, perforando tu piel, destrozando lo que se le ponga al paso... Acuérdate de las primeras veces en que viniste intacto y así lo estuviste durante un buen rato hasta que resultó ser cierto que eras virgen; yo nunca lo creí, un chico tan guapo, tan perfecto, tan deseable no podía estar entero a sabiendas del éxito logrado en tu pueblo. Un pueblo más que ciudad de provincias donde eras objeto de deseo de esos que como yo te seguían al oscuro callejón para abrir la celosía de tus íntimos refugios. Yo fui el elegido. No en tu recóndito lugar de origen donde ya todos te conocían y esperaban, sino en esta urbe ciega donde todos fuésemos anónimos cuerpos. Tu me confesaste que me habías elegido entre todos los componentes del oscuro bar de encuentros. Timidez o falso deseo camuflado el tuyo. Anhelante hasta que sin mediar palabras te llevé hasta el tálamo gozoso que sería tu primera vez, tus desposorios de la carne hambrienta de dura carne. Canibalismo a la inversa, tú me devoraste. Y es ahora que ya saciado de placeres inimaginados, ahora te dejas (o me impones) hacer tus fantasías (y las mías, secretamente). A fin de cuentas tampoco he sido muy buen maestro pues ya venías con la lección aprendida desde tu casa.
En esta tarde tonta de lluvia otoñal, el cálido reducto de mi casa es perfecto para que caiga la lluvia sobre tu piel.
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© Juan Rodort, 2018

martes, 9 de octubre de 2018

Tardes de Otoño



Doce años desde aquella visión de rayos X en que le vi el corto calzoncillo apretado en sus redondas contorsiones y sus pelos enfundando la espalda, las piernas, los brazos, el recóndito secreto de su lugar oscuro donde la humedad caliente de mis pensamientos se le iría condensando... El nuevo en la oficina. Un muchachote alto, fornido, moreno y guapo hasta la hartura de la guapez masculina, por supuesto. Y es que yo era así, un depredador nato de aviesa mirada con efectos nudistas al quitarles toda su ropa y dejarles en lo esencial, en este caso unos mínimos calzoncillos blancos ajustados a sus piernas columnarias, a sus glúteos enmarcados a mi sola contemplación onírica. Él, ¿quién era él? Un becario más de los muchos que cada año entraban en la redacción del periódico para hacer los trabajos sucios (nunca se dejaban manipular o palpar...¡lástima!, al menos en mi caso, yo no sé si con otros...). Pero él era lo más bruto de diamantino corte que había entrado desde hacía temporadas por aquellas puertas que yo espiaba a la espera de acontecimientos lúdicos. Y siempre había movimiento de cuerpos enfundados en vaporosos pliegues que me hacían delicioso el día, casi siempre, casi todos los días. Y más, estos becarios (también había becarias e incluso compañeras de oficina pero para mí como que se me hacían invisibles ¿misoginia o miopía?) jugosos, calientes en las distancias cortas, alguno demasiado caliente para mi gusto pues nunca me gustaron los calientapollas y de esos los había cada vez más. Mírame y no me toques. Él, no. Él se dejaba mirar e incluso cuando se dio cuenta de mis miradas se detenía pretextando naderías y remoloneaba a mi alrededor... ¿Quería algo más? Quizá si, pero yo nunca mezclé las churras con las merinas, es decir, el trabajo y el placer o el vicio: separados. Cuando terminaba mi jornada me travestía en un sádico violador de intimidades en las barras de los chiringuitos maricas del barrio del pecado. Tiempos aquellos de dejar pasar el tiempo creyendo tenerlo eterno; es ahora cuando se me escapa que siento su falta. Y la de aquellos cuerpos hermosos de las tardes de otoño.
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Juan Rodort, 2018

viernes, 5 de octubre de 2018

Criaturas vestidas ¡sin desnudo!


Poemas de la soledad
en University Columbia
1910
(Intermedio)

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos,
ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,
ni el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar.

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,
el hocico del toro, la seta venenosa
y una luna incomprensible que iluminaba por los rincones
los pedazos de limón seco bajo el negro duro de las botellas.

Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,
en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,
en los tejados del amor, con gemidos y frescas manos,
en un jardín donde los gatos se comían a las ranas.

Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y musgos,
cajas que guardan silencio de cangrejos devorados
en el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad.
Allí mis pequeños ojos.

No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!
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Federico García Lorca, N.Y. (1929-1930)
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Ha caído en mis manos una edición ilustrada de Poeta en N.Y. de Lorca. Obra de la que he ido rehuyendo sin explicarme todavía el por qué no me he atrevido a leerla antes; ahora lo comprendo, no estaba preparado. Es brutal. Demoledora. Es un poemario anti-lorquino o a-lorquiano a mi modo de verlo hasta este momento en que yo le tenía por ya visto y pasado página. No. No es el momento de dilucidar si sí o si no. Es lo que es. Un rescate del tiempo- Un reencontrarme conmigo frente al espejo donde Federico se miraba. Y es que en estos días mi sensibilidad está a flor de piel, es otra piel sobre mi piel. La muerte. El círculo mortal que se acerca y oprime cada vez más. Puesto en su objetivo, nombrado en su listín de nombres tachados, tantos como amigos voy perdiendo en el camino... Es por eso que no me he podido sustraer a poner un poema de ese poemario tan lejano y ten cerca del ahora, un continuo poema que se ha ido desgranando desde hace siglos; la muerte como parte del viaje, no como meta o fin.
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Juan Rodort, 2018

jueves, 27 de septiembre de 2018

Tanta carne...


Tanta carne y yo con hambre.
Veo morenazos con piernas como columnas griegas,
gruesas y peludas. Columnas griegas como altares
que presentaran al dios Príapo,
a ese dios entrevisto o imaginado:
grande, grueso y dormido como gato al sol en día de invierno.
Miro esos brazos que si me apretaran serían mi dulce muerte,
así, despacio, lentamente, a sorbos,
entre espasmos de placer y lujuria,
aspirando su aroma a sudor de hombre.
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© Anonimo Veneziano, 2018

jueves, 20 de septiembre de 2018

Sáfica nostalgia


"Llegaste, lo hiciste y yo te deseé ardientemente, y helaste mi corazón encendido en deseo".
Safo (de Lesbos)


Yo pensaba entonces en dos chicas desnudas y unidas en tierno abrazo, las miraba, espiaba, disfrutaba de su aroma evanescente y algo espiritual que se me escapaba, pero seguía mirando sus amores encubiertos, ayudando algunas veces con mi connivencia en sus correos secretos, en sus furtivas cartas de amor idealizado, incomprendido por mis sentidos faltos de esas caricias de otros compañeros que yo tanto deseaba y que tan sólo mirar podía sin que ellos me tildaran de "marica"... Pero no había erotismo en mis ojos repletos de sus pieles ahítas de caricias, ni sus besos me colmaban de sublimes sobresaltos como luego, cuando supe lo que eran los amores a otro cuerpo tan igual al mío.
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Juan Rodort, 2018

jueves, 6 de septiembre de 2018

Saboreando... tu cuerpo


J.R. Ortega, tintas s/papel, 1982


"Sabor a mí" es un bolero de 1959 del compositor y cantante mexicano Álvaro Carrillo (1921-1969)

"Tanto tiempo disfrutamos de este amor
nuestras almas se acercaron tanto, así
que yo guardo tu sabor
pero tú llevas también sabor a mí.


Si negaras mi presencia en tu vivir 
bastaría con abrazarte y conversar,
tanta vida yo te di
que por fuerza tienes ya sabor a mí.

No pretendo ser tu dueño,
no soy nada, yo no tengo vanidad,
de mi vida doy lo bueno,
soy tan pobre que otra cosa puedo dar.

Pasarán más de mil años, muchos más,
yo no sé si tenga amor la eternidad
pero allá, tal como aquí,
en la boca llevarás sabor a mí".

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Pero aquellos días de lujuria entre visillos de siluetas adormecidas, bajo aspidistras consentidoras y tapetes de ganchillo ligeramente torcidos, aquellos días de penumbras y ensoñaciones cuando nuestros cuerpos nos decían las pautas a seguir sin pensar en otra cosa que no fuera el placer de nuestras células copulativas; aquellos días en la buhardilla del carrer La Riereta barcelonés, aquellos días inolvidables, saboreando... tu cuerpo.
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Juan Rodort, 2018